“Uno de los programas más antiguos de CESTA es la gestión sustentable de los residuos. Nosotros iniciamos esta discusión hace más de 20 años”, explica Silvia Quiroa, directora de la organización, donde trabaja desde hace 29 años en procesos de seguimiento, monitoreo e incidencia política.
La gestión de residuos es, sin embargo, solo una parte de una apuesta más amplia. CESTA trabaja por la construcción de sociedades sustentables y articula la defensa ambiental con la soberanía alimentaria, la agroecología, la protección de la biodiversidad y el fortalecimiento de las comunidades. En ese entramado, la lucha contra el plástico ocupa un lugar cada vez más importante.

Empezar por lo cotidiano
Una de las herramientas que CESTA utiliza con las comunidades parte de algo aparentemente sencillo: identificar cuánto plástico forma parte de la vida cotidiana. La organización acompaña a unas 30 comunidades en distintas zonas del país, junto con organizaciones comunitarias, comités de agua y medio ambiente, organizaciones feministas y pueblos indígenas. En esos espacios, han revisado la presencia del plástico en las cocinas, las casas y las parcelas productivas. El ejercicio busca hacer visible aquello que suele pasar desapercibido.
“Entonces comenzamos a hablar con las comunidades: ¿cómo podemos ir sacando el plástico de nuestras vidas?”, cuenta Quiroa. La respuesta se construye desde acciones concretas. CESTA trabaja, por ejemplo, con grupos de mujeres recuperadoras de materiales que, además de recolectar residuos aprovechables, han creado pequeños emprendimientos y campañas para promover alternativas a las bolsas plásticas.

Las bolsas de tela se convierten así en una herramienta de sensibilización. Las mujeres las llevan a parques, ferias, mercados y centros comerciales con un mensaje sencillo: “Yo uso bolsas de tela para mis compras”. El cambio también se promueve entre familias campesinas y pequeños emprendimientos. La idea es evitar que cada compra de verduras, hortalizas o legumbres implique automáticamente una nueva bolsa desechable.
Para CESTA, cuestionar esos gestos cotidianos es parte de una transformación mayor: dejar de asumir como normal un modelo basado en productos diseñados para ser utilizados durante minutos y descartados después.
El problema no termina cuando pasa el camión de basura
Los plásticos de un solo uso son uno de los principales focos de preocupación de la organización. Su presencia se hace visible en los sistemas municipales de recolección, pero también en las calles y alcantarillas, especialmente durante las lluvias.“No es sustentable la gestión de los desechos como se hace en la mayoría de los municipios”, sostiene Quiroa.
Durante años, CESTA ha cuestionado el modelo lineal de producir, consumir, desechar y trasladar los residuos. Su propuesta apuesta por reducir la generación de basura, separar los materiales y procesarlos lo más cerca posible de su lugar de origen.

La organización ha buscado demostrar que esa alternativa es posible. En uno de los municipios donde desarrolló un proceso piloto, acompañó a la población barrio por barrio para introducir la separación de residuos en origen y trabajó con la municipalidad para evitar que los materiales orgánicos y recuperables terminaran mezclados.
El proceso incluyó un centro de acopio y una compostera municipal. Además de reducir la cantidad de residuos enviados a disposición final, la experiencia mostró que una gestión diferente puede representar un menor gasto para las municipalidades.
Pero para CESTA, la infraestructura por sí sola no resuelve el problema. Hace falta educación, organización y voluntad política. Por eso también desarrolla procesos de formación con funcionarios municipales sobre gestión sustentable de residuos, reducción de plásticos y políticas públicas.
Dejar de hablar de basura para hablar de soluciones
Uno de los cambios que Quiroa considera más significativos ha sido lograr que la gestión de residuos y la contaminación plástica pasen a formar parte de la discusión pública en El Salvador. “Antes nadie estaba hablando de la basura. Con que la llegaran a recoger, ya no importaba”, recuerda.
La conversación ha comenzado a cambiar. Algunos comercios han reducido la entrega de bolsas plásticas o empezado a cobrarlas. También se observa una mayor disposición de las personas a preguntar por alternativas reutilizables. “La gente ahora pregunta: ‘¿Me vas a dar desechable o un plato que es reusable?’”, relata.
Para CESTA, estos cambios son importantes, pero insuficientes. Uno de los principales desafíos es desmontar la idea de que el reciclaje puede resolver por sí solo la crisis del plástico. “El reciclaje no es la única solución”, afirma Quiroa.

La organización apuesta por priorizar la reducción y la reutilización y por cuestionar el modelo de producción que genera cantidades crecientes de residuos. CESTA también ha participado en discusiones sobre rellenos sanitarios e incineración, acercando información a gobiernos municipales para que puedan valorar los impactos de distintas alternativas.
Incidir en las decisiones
El trabajo comunitario se complementa con la incidencia política. CESTA participó en la elaboración de una propuesta para regular los plásticos de un solo uso que fue presentada ante la Asamblea Legislativa con el acompañamiento de diputadas de la legislatura anterior.
La propuesta planteaba una transición de cinco años para eliminar progresivamente estos productos y permitir que las empresas se adaptaran a otros materiales. El proceso quedó detenido tras los cambios políticos en el país, pero para CESTA la necesidad de regulación permanece. “Un gran desafío es cambiar la mentalidad de quienes toman las decisiones”, señala Quiroa.

A esto se suma, según la organización, la influencia de la industria plástica. “El lobby de las empresas plásticas es muy fuerte. Tiene mucho poder en el país. Se sienta con quienes toman decisiones”, afirma.
En ese contexto, CESTA busca cuestionar las soluciones que concentran la respuesta en el reciclaje y poner el foco también en lo que sucede antes de que un producto se convierta en residuo: quién lo produce, cuánto se produce, para qué se utiliza y quién asume los costos de sus impactos.
Del territorio a una lucha global
La trayectoria de CESTA en gestión de residuos hizo natural su incorporación a BFFP. La organización ya tenía una larga experiencia en este campo y una vinculación con GAIA, y formar parte de BFFP permitió conectar su trabajo territorial con una red internacional de organizaciones que comparten una misma preocupación. El intercambio de información ha sido uno de los principales aportes.
Investigaciones sobre microplásticos, impactos en la salud, responsabilidad empresarial y alternativas a los productos de un solo uso han alimentado el trabajo de CESTA en las comunidades. También lo han hecho las campañas y herramientas de comunicación desarrolladas por el movimiento.
Para Quiroa, BFFP aporta algo que va más allá de la información: la certeza de que las comunidades salvadoreñas no están solas.“Saber que somos parte de un movimiento global donde estamos luchando por lo mismo” es, para ella, uno de los principales aportes de estos 10 años del movimiento.
La dimensión global resulta especialmente importante porque el plástico tampoco reconoce fronteras. Las decisiones de gobiernos y empresas transnacionales tomadas en otras regiones pueden tener consecuencias en El Salvador, mientras el país es uno de los principales importadores de residuos plásticos de la región.
La conexión entre lo local y lo global permite, entonces, comprender que lo que ocurre en una comunidad forma parte de un sistema mucho más amplio.

Construir un movimiento
Al hacer balance de la primera década de BFFP, Quiroa destaca la producción y el intercambio de información, pero también la posibilidad de articular experiencias y estrategias entre organizaciones de diferentes países.
“La producción de información creo que para mí es de las cosas más importantes”, afirma. Para CESTA, esa colaboración fortalece la incidencia local y permite que las comunidades conozcan experiencias de otros territorios que enfrentan problemas similares.
La organización también forma parte de articulaciones nacionales con otras organizaciones. El trabajo de basura cero se conecta con agendas de justicia ambiental, crisis climática, soberanía alimentaria y defensa de los territorios. “Somos una organización más en esa articulación”, dice Quiroa.
Un tratado que vaya a la raíz del problema
Para CESTA, esa colaboración también es fundamental de cara a uno de los grandes desafíos del movimiento: conseguir un Tratado global sobre plásticos que sea ambicioso y jurídicamente vinculante.
La organización considera que el acuerdo debe abordar todo el ciclo de vida del plástico, desde su producción y no únicamente cuando se convierte en residuo. “Necesitamos un tratado internacional, un tratado que regule las empresas en todo el ciclo de vida de la producción de plástico, no solo cuando el desecho está producido sino en todo el ciclo de la producción del plástico”, plantea Quiroa.
Para ella, las negociaciones pondrán a prueba las prioridades de los gobiernos: “Vamos a ver si los gobiernos realmente gobiernan para la gente o gobiernan para las corporaciones transnacionales”.
La posición de CESTA es que un tratado efectivo debe ir más allá de gestionar los residuos existentes. Debe abordar la producción, reducir los plásticos de un solo uso, promover sistemas de reutilización y establecer responsabilidades claras para quienes se benefician de esta industria.
Del usar y desechar al reusar
A 10 años de la creación de BFFP, CESTA considera que el movimiento debe profundizar en las alternativas al modelo de usar y desechar. Entre ellas, el reuso ocupa un lugar central. “Tenemos que profundizar en esa parte”, dice Quiroa. Reutilizar implica algo más que sustituir un material por otro. Supone cuestionar la lógica de consumo que convierte objetos en residuos después de un solo uso y recuperar prácticas capaces de reducir la generación de basura desde el origen.
Es una transformación que comienza en los territorios, pero que necesita políticas públicas y cambios estructurales para consolidarse. Una comunidad que separa sus residuos, una familia que deja de quemar la basura, una mujer que confecciona una bolsa reutilizable o un municipio que cambia su sistema de gestión son pequeñas piezas de una transformación mayor.
“La lucha sigue. BFFP tiene mucho trabajo, es un movimiento que va a crecer, va a seguir creciendo”, afirma Quiroa. “Entre más comunidades, más poblaciones, más organizaciones, hagan parte de este esfuerzo, vamos a detener este monstruo del crecimiento de los plásticos y vamos a tener la posibilidad de tener un mundo diferente”, concluye.




